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De malas madres, madres intensivas y padres con 48 horas de licencia
18 septiembre, 2015
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La corriente de la crianza con apego, que se desarrolló en los últimos años, puso en crisis a muchas mujeres –los varones no se sienten culpables- que consideran que muchas de las estrategias propuestas atentan contra su autonomía y, sobre todo, son imposibles de realizar. En esta nota los aportes de varias madres y mujeres feministas, y no solamente, que sitúan a esta corriente entre mujeres de clase media, con posibilidades de no delegar el cuidado y correrse por un tiempo del mercado laboral, y se preguntan cuán buenas o malas madres podemos ser. 

Por Sarah Babiker

crian2COMUNICAR IGUALDAD– Hace pocas semanas, la filósofa francesa Elisabeth Badinter, era entrevistada por el diario El País de España.  Tras presentarla como una feminista de la igualdad, en lucha contra “la crianza natural”, el periodista requería una evaluación del estado de las cosas a cinco años de la publicación de La mujer y la madre, en el que la autora denunciaba una ofensiva para devolver a las mujeres al espacio privado de la maternidad.  El balance de Badinter no fue positivo: Asistimos a un triunfo incontestable del feminismo diferencialista, muy distinto del universalista, que es el que defiendo yo y el que encarnó Simone de Beauvoir. El nuevo feminismo, en lugar de incitarnos a vivir como los hombres, prefiere subrayar nuestros particularismos. Especialmente la maternidad, pero también el pacifismo, la proximidad con la naturaleza o la atención a los demás”.

Como mujer urbana de clase media, y madre, estoy expuesta a estos discursos que provienen de este “nuevo feminismo” que decepciona a la autora francesa, y al debate en torno a lo que ella califica como crianza natural, y que suele relacionarse con la teoría del apego, la crianza respetuosa, o en términos más generales, una forma de criar más centrada en lo que se entiende son las necesidades de las niñas y los niños. Hace algunas semanas más, otra entrevista, esta vez a la escritora española Laura Freixas, llamó mi atención. Presentaba su último libro llamado El silencio de las madres, y en la conversación denunciaba la invisibilización de la maternidad en la cultura, “basta echar un vistazo a la cultura, a la prensa, a los medios, y ver que no se habla de (una) experiencia básica de la humanidad que es la maternidad. Y concretamente quien menos habla de ello son las interesadas.

Y sin embargo, aunque esto suene muy obvio, hay madres por todas partes y no es difícil hablar con ellas. Por ejemplo, en una plaza de Buenos Aires, bajo un sol primaveral envalentonado, rodeadas de nenas que corren, nenes que gritan, y algunos padres. Dos mujeres jóvenes sentadas cerca mío hablan de fulares y mei tais, de mantener a sus bebés en la casa un tiempo más o  ir pensando en aplicar para el jardín, de propuestas  de educación interesantes, pero ufa, tan caras que son elitistas. En algún momento, me introducen en la conversación y en la ronda de mate. Hablamos de las tardes en la plaza, de la gente que te encuentras en tu camino por esta cosa transicional de las maternidades recientes… Antes de que conozca sus nombres me proponen sumarme a un grupo de Facebook.  Una de ellas nos recomienda una bloguera, madre y educadora, dice, “si viesen las cosas que hace, comparada con ella me siento una mala madre” comenta jocosa.

Malas madres

Cuantos más mandatos implica el ideal materno que se nos presenta más posibilidades de convertirse en el anti-modelo: en una mala madre. crian3Resignificada esa categoría ante la batería incumplible de requerimientos de la maternidad, parece generarse un espacio de complicidades. “Al estrenarme como madre me di cuenta de que no podía (ni quería) llegar a todo, que no era esa madre y mujer perfecta que se nos exige ser, que no era “superwoman” ni quería serlo, pero que no por ello era peor madre” me cuenta Laura Baena, creativa publicitaria española. De ese sentimiento de culpa y de la incompatibilidad por conciliar vida laboral y familiar nace el Club de Malasmadres:Formamos parte de una sociedad en la que el modelo social de madre no conecta con la realidad en la que vivimos”. Sus seguidoras son más de 100.000 mil personas en Facebook, que forman parte de lo que Baena define como una “comunidad emocional” de mujeres que comparten, predominantemente desde la ironía, lo complicada que se les ha vuelto la vida desde que son madres.

Esa contradicción entre lo que se demanda de las mujeres como trabajadoras y el sacrificio y entrega que se les exige como madres, ya fue señalada desde los estudios de género por la socióloga  Sharon Hays  en su obra Las contradicciones culturales de la maternidad. Era 1996 y las redes sociales aún no existían. Ahora están por todas partes y, más o menos al tiempo que surgía el Club de Malas Madres, Mamá Mala hacía sus primeras apariciones en el perfil de facebook de la investigadora del CONICET Carolina Justo von Lurzer. La prosa poética puérpera en la que se convirtieron sus actualizaciones de estado fue tan bien recibida que finalmente, fueron recopiladas y ampliadas para convertirse en un libro con el mismo nombre. “En mi experiencia, ir a las redes tuvo que ver con una necesidad de encontrarse con otras/otros en un período que es de bastante soledad vital. Probablemente la sensación de cierto vacío, o de un profundo vacío que se puede llegar a experimentar durante el puerperio, pida a gritos la palabra y la compañía de otros/as” recuerda Carolina.

Son sólo dos ejemplos de relatos que, a través de las propias experiencias, revisitan y contestan el ideal  materno. Según Roxi, los videos de la actriz Julieta Otero que proponen otra mirada cómica del mundo que rodea la crianza, son una muestra audiovisual de éxito de este fenómeno. La antropóloga feminista Mónica Tarducci, vio algunos de estos videos: “La verdad que si bien esas reflexiones me hacen gracia, son muy clasemedieras… Me parece bien que se desmitifique la maternidad,  eso se lo debemos al feminismo, que como con otros aspectos de la vida cotidiana incorporó los sentimientos ambiguos con que nos enfrentamos a la maternidad, la contextualizó y fundamentalmente separó el binomio mujer igual madre. El feminismo permitió que esas visiones sean lícitas y se puedan expresar públicamente”.

¿Reflexionar desde la maternidad?

La maternidad no aparece sólo como objeto de reflexión. Se insinúa para algunas mujeres como lugar desde el que reflexionar. “La maternidad nos pone en contacto con todo aquello que la sociedad de consumo intenta hacernos olvidar: la interdependencia que nos une, nuestra profunda vulnerabilidad y la de los demás, la necesidad de contar con redes de apoyo sólidas, la importancia de todas esas cosas que pasan despacio, que tienen peso y suponen ataduras, frente a la constante invitación al goce que nos ofrece la sociedad de consumo a base de cosas que pasan deprisa, que son ligeras y cambiantes…” argumenta la socióloga madrileña Carolina del Olmo, cuyo libro Dónde está mi tribu; maternidad y crianza en una sociedad individualista suscitó bastante interés y debate en España en el 2013.

Este contacto puede suponer un quiebre, me lo cuenta Julieta Saulo, otra creativa publicitaria, mientras ceba unos mates en su casa. “A mí me sucedió como persona que fomentaba ese capitalismo feroz desde la publicidad creando necesidades y demás,  pararme y decir ‘qué estoy haciendo, estoy trabajando 10 millones de horas generando necesidades a la gente, contribuyendo a esta máquina’.…  Si uno de repente se permite eso es inevitable no cuestionarte determinadas cosas, ¿Che, vale la pena de laburar 12 horas?”  Se detiene y me aclara “claro que estamos hablando de gente con las necesidades cubiertas”. De ese cuestionamiento surgió Las Casildas, que se define como una “agrupación conformada por personas que desde distintas áreas generamos dispositivos y aportes con el objetivo de difundir información en torno a la gestación, parto, nacimiento y crianza de niños y niñas como así también cuestiones de género”. El nombre es un homenaje a la escritora española Casilda Rodrigáñez Bustos, “en ella encontré una autora que logra hacer un buen mix entre el feminismo y la maternidad que son como dos polos que parecen repelerse, esta cosa del adentro y del afuera, lo doméstico y lo público”, justifica Julieta.

crianzaConfieso que a Las Casildas he llegado con prejuicio, su agrupación orienta grupos de crianza y su fundadora es doula y puericultora, pensaba que todos estos indicios me llevarían hacia una firme defensora de la crianza con apego, pero no, de hecho se muestra bastante crítica: “Siento que se banaliza y que se ha bajado algo que no tiene absolutamente que ver… Está buenísimo que cada familia se informe sobre el parto que desea tener o la educación que prefiere proporcionar a su hija o hijo, pero en un lugar no desde la culpa, porque a veces parece que una tiene que colechar hasta los 10 años, darle la teta hasta los 15, mandarle a una escuela Waldorf de 10 millones de dólares y uno hace un montón de cosas que no puede sostener emocional o económicamente y entonces es otro mandato, otra obligación más que suele recaer sobre las mujeres”. El problema, me comparte, es que “lo que se baja de de la crianza con apego, aunque haya servido para poner en cuestión la crianza adultocéntrica, es tan edulcorado, y tan de puntillas y tan de color rosaque genera resistencia. 

La maternidad intensiva

Enérgica, como la Badinter de la entrevista de  El País, me contesta Tarducci cuando le planteo si la crianza con apego podría transmitir valores antipatriarcales o que cuestionen el capitalismo. ¿Cuál es la relación entre la transmisión de valores antipatriarcales y apego?” – me escribe-. “No es algo que se derive automáticamente. ¿El solo hecho del apego hace que la crianza sea antipatriarcal? Absurdo. Me imagino todo lo contrario, una madre esclava de su hijo o hija es lo más patriarcal del mundo. Una madre que no se da un espacio para si… Bueh. Sin palabras. Es muy contradictorio que mujeres que se dicen feministas tengan una visión tan ahistórica de la maternidad y no la contextualicen. Es una lógica de mujeres privilegiadas que no tiene en cuenta la angustia de las mujeres que no pueden cumplir con ese mandato absurdo. El cuidado debe ser compartido, no una obligación de las mujeres.”

La antropóloga, que dirige la Maestría en Estudios de Familia en la Universidad Nacional de San Martín,  recuerda que la idea común actual preponderante en Occidente, y por expansión al resto del mundo, que Hays denomina  “maternidad intensiva”  se empezó a gestar en el siglo XIX. “No fue siempre así en Occidente y menos aún en otras culturas, donde el cuidado está repartido entre varias mujeres. La clase media actual está enferma de psicoanálisis y de cuanta teoría responsabilice a las madres.”

Se quebraron las redes, se corrió el estado, y quedaron las hijas y los mandatos. “Justamente, en períodos de crisis económica, cuando el estado se retira de sus obligaciones de cuidado aparecen estos énfasis respecto de la maternidad intensiva, que incluyen estas teorías reaccionarias como el apego, el amamantamiento contra viento y marea, etc.” cierra la antropóloga.

Las economistas Cristina Carrasco y Corina Rodríguez Enríquez lo abordan desde su disciplina, recordando que son prácticas de quienes puedan permitirse prescindir de un salario, y por lo tanto que el factor de clase es determinante. Para Carrasco la tendencia  a recuperar una “maternidad total… exige mucho tiempo, dedicación y energías y, habitualmente, la tarea recae sobre la madre. Tal vez en la teoría no tendría por qué ser así, pero en la práctica es así, además por el hecho natural de la lactancia. Difícilmente el padre reduce el tiempo de trabajo mercantil, lo cual acentúa la división sexual del trabajo”.  Rodríguez  alerta también  contra el discurso maternalista que predomina en las políticas sociales, que agravaría no solo la división sexual del trabajo si no también la desigualdad social. Considera que quizás una reivindicación menos maternalista del apego, incluyendo a varones y otro tipo de parejas, podría revalorizar el cuidadopero no parece que esta sea la forma mayoritaria”, lamenta. “El tema de fondo es que el trabajo de cuidados no está socialmente valorado o reconocido. Si realmente se considerase como un elemento central, los tiempos de trabajo mercantil (diarios, semanales, anuales) se organizarían de tal manera de que padre y madre tuviesen la disponibilidad necesaria para estar con sus hijos e hijas concluye Carrasco.

¿Y los padres?

Porque ¿Qué pasa con los padres? Me lo pregunto en la plaza, bajo el sol, pero también cuando rastreo las otras plazas virtuales.  ¿Es cierto que hay una  maternidad intensiva que saca a los padres del mapa?  Supongo que hay de todo. Sin estadísticas ni encuestas de por medio, así a ojo, creo que se tiende a subestimar el número de hombres implicados en la crianza de sus hijos y las familias de parejas heterosexuales igualitarias en las que ambos progenitores se comprometen profundamente con los cuidados. Aunque, por otra parte, existe todo ese discurso deplorable que defiende que el padre asuma un papel de mero comparsa en la crianza, ya que lo ideal para las criaturas es que sean sus madres las que se dediquen a ellas en cuerpo y alma” me contesta Carolina del Olmo sobre su percepción de la realidad española.

El contexto no es un tema secundario: “Pensá el lugar que se les da a los hombres en este país en la crianza, a las 48 horas empiezan a producir dinero  me recuerda Julieta Saulo.  “En nuestros grupos van las mujeres con  los niños, generalmente todos los hombres laburan y laburan muchas horas. Yo noto como una toma de conciencia por parte de ellos: ‘che esto también es terreno mío y está bueno que lo ocupe’, pero bueno es complicado porque el rol tradicional del varón no tiene nada que ver con eso, y además desde el estado tampoco se le dan los tiempos”.

A esta dualidad apunta también Carolina Justo: “Hay una distancia entre la convicción y la acción – a veces más grande que otras-. La desigualdad de género estructura las relaciones sociales de un modo profundo que no se resuelve en una generación de papis y mamis progres. Sí es cierto que pertenecer a esa casta de ‘gente copada’ permite tener cierta vigilancia y poder parar y decir, epa…  También genera más sufrimiento pero las transformaciones son siempre costosas”.

Foto: Matías Bruno

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